EL DIAGNÓSTICO EN PSICOLOGÍA

02/10/2021

La forma de concebir la salud mental en general estuvo siempre determinada por el contexto histórico de la sociedad. Ya en la Antigüedad se reconocían algunos trastornos mentales que eran explicados por medio de la posesión de espíritus o demonios. Posteriormente, alrededor de 1800, surgió la frenología, una teoría -actualmente sin validez- que asociaba ciertos rasgos de personalidad a las características físicas del cráneo del individuo. Finalmente, con el surgimiento de la psicología científica y el desarrollo de la psiquiatría, el psicodiagnóstico comienza a tomar la forma que conocemos actualmente.
Hoy por hoy las dos clasificaciones en las que se apoya la psiquiatría para realizar sus diagnósticos, son: la Clasificación internacional de enfermedades (CIE) y el Manual diagnóstico y estadístico de trastornos mentales (DSM). La primera ya va por su décima edición y la segunda por la quinta. Es importante señalar que estas clasificaciones se encuentran en discusión, revisión y constante transformación. El modo en el que son caracterizados los diferentes trastornos, así como los criterios para detectarlos, ha cambiado en varias ocasiones a lo largo de la historia. Por otra parte, el enfoque de estas clasificaciones es principalmente descriptivo y no se muestra capaz de explicar las razones por las cuales los trastornos se desarrollan. En la lista podemos encontrar trastornos: de ansiedad, depresivos, bipolares, sexuales, relacionados con sustancias, alimentarios, de sueño, de personalidad, etc.
El uso de estas clasificaciones resulta productivo en el campo de la psiquiatría, donde el tratamiento por medio de psicofármacos requiere contar con criterios concretos para diagnosticar un cuadro, y no tanto con las razones de su desencadenamiento. Dentro de la psicología en general, algunas corrientes también se sirven de tales clasificaciones psiquiátricas para establecer el tipo de tratamiento a realizar. En el caso del psicoanálisis, sin embargo, se construye una clasificación teórica distinta, basada en un enfoque estructural que además de guiar la terapia, ofrece una explicación de los mecanismos que funcionan dentro de determinado cuadro. Aquí, las diferencias estructurales que se puedan plantear de un caso a otro servirán para orientar la lectura del psicoanalista en su trabajo clínico, pero no para brindarle al paciente el nombre de un trastorno con el cual identificar su padecimiento.
El testimonio de muchas personas nos dice que se han aliviado tras recibir un diagnóstico que les permita poner en palabras su sufrimiento. Muchas veces el diagnóstico cumple un papel “ordenador” en la vida de una persona. Al identificarse a determinado trastorno empieza a detectar que ciertos rasgos de su personalidad pueden ser parte de un cuadro global, por lo que la actitud frente a ellos se vuelve más comprensiva. A su vez, el nombrar el trastorno que se sufre puede ser útil para explicarle al entorno social algo de lo que a uno le está pasando y facilitar así el apoyo de los demás. Como vemos, los nombres de los cuadros psicopatológicos pueden servirle tanto a quien los adjudica como a quien los recibe.
El peligro que no hay que dejar de considerar es que estas clasificaciones surgen por convención a través de una construcción teórica que no define de manera absoluta el padecimiento subjetivo. Por este motivo vale tomarlas como guías u ordenamientos y no como etiquetas que definen la esencia de los individuos. Esta última concepción conduce a pensar que un trastorno es fijo y para siempre, en tanto se explica por la naturaleza de la persona. A la vez, el considerar que toda una serie de rasgos de la personalidad se explican por un diagnóstico dado evita que se pueda hacer un trabajo reflexivo sobre aquellas características particulares del sujeto. Si justifico las cosas que me pasan a través del cuadro que me diagnosticaron, entonces no me pregunto por las causas contextuales o específicas que me puedan llevar a sentirme o comportarme así en determinado momento. En este sentido, un diagnóstico puede “tapar” más que “abrir”.
Por ejemplo, en el último tiempo se ha popularizado el término “ataques de pánico” con el cual las personas describen determinados momentos de malestar en los cuales se presentan síntomas físicos y pensamientos típicos. Si el psiquiatra logra identificar los criterios suficientes para diagnosticar un verdadero ataque de pánico seguramente pueda recetar alguna medicación que funcione como tranquilizante. Sin embargo, ¿eso es todo lo que podemos hacer? ¿Decimos que sufrimos de ataques de pánico y listo? Como mencionábamos, cuando una persona que sufre de estos momentos esporádicos de malestar consulta al psiquiatra y este le dice que lo que tiene son ataques de pánico, puede llegar a aliviarse. Automáticamente pasa a saberse dentro de un grupo de personas a las que le pasa lo mismo y así deducir que su malestar no es único e inabordable. Puede además tener como herramienta una medicación que, aunque no la utilice nunca, sepa que la puede ayudar en un caso de desborde. Sin embargo, el trabajo no termina con un diagnóstico como este. Al contrario, desde el psicoanálisis podríamos pensar que allí el trabajo recién comienza. Nos importará el relato del paciente acerca de cómo son específicamente esos “ataques” que le dijeron que se llaman “de pánico”. Nos importará desde cuándo suceden, en presencia de quiénes, con qué frecuencia, cómo son los momentos previos y posteriores, etc. Quizás hasta aquí no haya tanta distancia con respecto a las preguntas que pueda hacer un psiquiatra. La diferencia estará en cómo las respuestas que se vayan dando generarán un relato que se insertará dentro de toda una serie de relatos relacionados con la historia y la actualidad, de manera tal que lo que se llama “ataques de pánico” pueda contraer un significado nuevo y particular en función de una estructura global. Este es el movimiento de apertura que el psicoanálisis propone frente al efecto de los diagnósticos.

- Lic. Juan Pablo Sanjorge

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